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Alcohol y conducción: bomba de relojería

por | 15 / Mar / 2020

Beber alcohol y ponerse después al volante puede tener consecuencias terribles para quien lo hace, pero también para terceros inocentes. Son muchos los que creen que las desgracias sólo les ocurren a otros… hasta que, quizás, ya es demasiado tarde. No permitas que sea tu caso.


 

DEJA QUE TE CUENTE UNA HISTORIA…

Sucedió en una noche de jueves, hace ya unos cuantos años. Yo era un “pepinillo” con el cargo recién jurado y llevaba 4 días en la calle. Esa noche, mientras patrullaba con Alfredo, vimos un coche realizando unas maniobras extrañas en una larga avenida. Le dimos el alto y bastó con que el conductor levantase la cabeza y nos mirase para darnos cuenta de que había bebido demasiado. Era un hombre de unos 45 años que, con el viejo truco de hablar despacio para tratar de disimular la borrachera, nos dijo que se dirigía a Millares, un pueblo a unos 65 kilómetros de Valencia. La sorpresa saltó cuando de pronto, en el asiento trasero, brilló la sonrisa de una niña de 5-6 años que destilaba dulzura.

Desde ese momento la prioridad fue la pequeña. No debía percatarse de lo que estaba ocurriendo para que esa sonrisa no se empañara con lágrimas. Nosotros éramos amigos de su papá y necesitábamos que viniese a firmar un papel, porque su papá era un señor muy importante. Nos desplazamos hasta las dependencias de la Policía Local de Valencia, donde comprobamos que el papá triplicaba la tasa máxima de alcohol permitida. Y en ese estado pretendía recorrer 65 kilómetros de noche, por carreteras comarcales y con su hija en el asiento trasero. Con total inmodestia, pero con algo de razón, en aquel momento me sentí como un ángel de la guarda para aquella niña.

Mientras Alfredo se encargaba de las gestiones yo entretenía a la pequeña con todo aquello que se me iba ocurriendo para que no sospechase lo que en realidad sucedía ni la temeridad que había cometido su padre. Y creí estar haciéndolo bastante bien, hasta que, en un momento dado, cuando ya no sabía a qué más jugar ni qué otra cosa inventarme, saqué mi libreta y mi bolígrafo y le pedí a esa preciosidad que me dibujara algo (porque me habían chivado que dibujaba muy bien). A los pocos minutos me entregó 3 hojas de la libreta garabateadas. Cuando vi lo que había plasmado en ellas se me encogió el alma y me costó contener las lágrimas. No hacía falta ser psicólogo para interpretar sus dibujos. A pesar de su inocencia y de no perder jamás la sonrisa, la pequeña era plenamente consciente del peligro que había corrido. Si no me crees, saca tus propias conclusiones.

Estos son los dibujos que realizó la protagonista de esta historia y que aún conservo. Puedes hacer clic para ampliar.

Guardé aquellos dibujos. Para mí tienen un gran significado por varios motivos, pero sobre todo porque la dulzura y la luz que aquella niña emanaba pudo dejar de brillar para siempre aquella noche. Y todo por la inconsciencia de quien, se supone, debería ser su mayor protector. Aquello, lo que pasó y lo que pudo haber pasado, me hizo reflexionar mucho y por eso desde entonces intento concienciar a todo aquel que quiera escucharme del peligro que supone tomarse unas copas o cervezas y ponerse al volante. Algo en lo que hay que insistir porque, a pesar de ser tan obvio para todos, sigue siendo obviado por muchos.

TOLERANCIA SOCIAL

El consumo de alcohol está tan aceptado socialmente en nuestros días que se nos olvida (o preferimos olvidar) algo básico: ¡es una droga! Y no es que lo diga yo, si no la Organización Mundial de la Salud, que define como droga “toda sustancia que, introducida en el organismo por cualquier vía produce una alteración del natural funcionamiento del sistema nervioso central y es, además, susceptible de crear dependencia, ya sea psicológica, física, o ambas”.

Pero hemos interiorizado celebrar nuestros éxitos brindando con licor o relacionarnos socialmente tomando una copa. Incluso una gran parte de los jóvenes (y ya no tan jóvenes) consumen alcohol de forma normalizada como requisito para la aceptación colectiva y la pertenencia al grupo. Esa tolerancia social, cada vez más arraigada, hace que cuando bebamos alcohol, ya sea mucho o poco, no tengamos la sensación de estar consumiendo, en realidad, una droga. Y como sucede con otras drogas, la línea que separa el consumo comedido del abusivo es sumamente delgada y fácil de sobrepasar sin darnos cuenta.

Hemos interiorizado el consumo de alcohol asociándolo a celebraciones y reuniones sociales

CONSECUENCIAS

Es indiscutible y más que evidenciado científicamente que cuando bebemos alcohol nuestras capacidades disminuyen de forma notable afectando principalmente a nuestro modo de procesar la información. Tardaremos mucho más en percibir un peligro u obstáculo y tardaremos aún más en reaccionar para evitarlo, si es que llegamos a percibirlo y a reaccionar. En definitiva, una auténtica bomba de relojería cuando conducimos un vehículo. Una bomba que no es selectiva y puede llevarse por delante la vida del que la manipula, pero también la de otros muchos inocentes que en ese momento estén alrededor.

Y es que las consecuencias de una desgracia al volante pocas veces son leves. Hablamos de lesiones de extrema gravedad, a veces irrecuperables, y de la muerte. La tuya propia, la de tus acompañantes (familiares y amigos) y la de terceros implicados inocentes, con el consiguiente cargo de conciencia y remordimiento para el resto de tu vida. Si te pones al volante habiendo bebido, siento decirte, sin ánimo de ofender, pero con la contundencia que el hecho merece, que en ese momento serás un asesino en potencia, pues estás poniendo en grave riesgo tu vida y la de cualquier otra persona que se cruce en tu camino.

No pretendo convencerte para que no bebas alcohol, en mayor o menor medida, si es que ese es tu deseo. No soy quién para ello, faltaría más. Pero si me veo en la obligación moral de pedirte, al menos, una reflexión. Sencillamente porque, sin ser la seguridad vial mi área de trabajo, he presenciado escenas dantescas causadas por conductores ebrios. Escenas que deseo que jamás tengas que presenciar tú. Cuerpos destrozados, cadáveres, llantos desgarrados de familiares y amigos… en definitiva: dolor, mucho dolor. Un dolor que pudo ser, en muchos casos, fácilmente evitado.

Ponerte al volante después de beber alcohol puede costarte la vida a ti y hacerte responsable de la muerte de otros inocentes

No cometas el error de pensar que las desgracias sólo les ocurren a otros y no compres boletos para un sorteo en el que nadie quiere llevarse un macabro premio. Interioriza que, si vas a conducir, no debe haber nada de alcohol ni otras drogas en tu cuerpo. Es un ejercicio de civismo, sensatez y responabilidad para que no tengas que llorar por nadie… y para que nadie tenga que llorar por ti.

 

J. Guerrero (Salamanca). Crecí en el barrio de Pizarrales, lugar de nacimiento de un famoso delincuente: «el Lute». Pero yo elegí el otro bando. Por eso hoy escribo, sin pretensiones de fama ni fortuna, pero con conocimiento de causa, sobre el bien y el mal, sobre policías y ladrones, sobre criminología y criminales… ¡Te agradezco mucho tu visita y tu lectura!

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